Entre identidad y pertenencia: lo que el fenómeno therian nos está diciendo sobre la salud mental.

Entre identidad y pertenencia: lo que el fenómeno therian nos está diciendo sobre la salud mental

En los últimos meses, el fenómeno de los llamados therian ha generado debate en redes sociales, colegios y familias. Más allá del impacto visual de las máscaras o los videos donde algunos jóvenes expresan sentirse identificados con animales, la pregunta de fondo no es si es una moda o si es correcto. La pregunta más profunda es otra: ¿qué está intentando decir esta generación a través de estas formas de identificarse?

Cuando miramos este fenómeno desde la salud mental —y particularmente desde un enfoque psicoanalítico— la pregunta cambia. Ya no es “¿esto es real o es fantasía?”, sino: ¿qué función cumple esta identidad en la vida emocional de quien la asume?

¿Es identidad o es falta?

En la adolescencia, la identidad no es algo fijo. Es un territorio en construcción. El joven está atravesando una etapa en la que necesita responder a preguntas como: ¿Quién soy? ¿Dónde pertenezco? ¿Qué valor tengo?

Cuando estas preguntas no encuentran un espacio seguro para elaborarse —en la familia, en la escuela o en el entorno social— buscan otras salidas. Desde el psicoanálisis entendemos que el síntoma aparece cuando no hay palabra. Y en nuestra época, el síntoma muchas veces se vuelve visible en redes sociales.

El sujeto no se constituye solo desde lo biológico, sino desde el deseo, el reconocimiento y la mirada del otro. Cuando un joven siente que no es visto o que no encaja, puede construir una identidad alternativa que le otorgue pertenencia y sentido.

Entonces la pregunta no es si literalmente cree ser un animal. La pregunta es: ¿qué le ofrece esa identificación que no está encontrando en su entorno?

La adolescencia en tiempos de redes

La generación actual vive bajo una exposición constante. No solo se construyen frente al espejo, sino frente a una audiencia. Plataformas digitales se convierten en escenarios donde la identidad se ensaya, se prueba y se valida.

Antes, las búsquedas adolescentes quedaban en espacios privados. Hoy, cualquier forma de expresión puede convertirse en tendencia global en cuestión de horas. Eso amplifica la identificación: si un joven se siente distinto y encuentra miles de personas que expresan algo similar, la sensación de pertenencia se fortalece.

Desde lo emocional, esto no es menor. El grupo ofrece contención simbólica y un nombre para el malestar. Y cuando algo tiene nombre, deja de sentirse tan caótico.

Sin embargo, cuando la identidad se rigidiza demasiado, puede transformarse en una defensa frente a conflictos más profundos que aún no se han podido elaborar.

El cuerpo, la fantasía y la protección

Muchos adolescentes describen que identificarse como therian les hace sentir más libres o más auténticos. Algunos relatan que conectan con características que asocian al animal con el que se identifican: fortaleza, independencia o lealtad.

Desde una mirada clínica, el animal puede funcionar como un símbolo. Representa algo que el joven necesita integrar en su identidad, pero que aún no puede asumir directamente como propio.

La fantasía no es el problema. La fantasía es parte de la estructura psíquica. El punto es si esa fantasía amplía la vida o la reemplaza. Cuando la identificación simbólica protege del dolor, cumple una función defensiva.

¿Qué está faltando?

Cuando surge una tendencia como esta, es fácil quedarse en la superficie. Sin embargo, muchas veces lo que aparece como exceso es un intento de encontrar lugar.

Algunos factores que pueden influir incluyen la sensación de no pertenecer, la dificultad para tolerar el rechazo, la necesidad intensa de comunidad y la soledad emocional en una época de hiperconectividad.

La pregunta “¿es identidad o es falta?” no se responde de manera simple. Puede ser ambas cosas. Es identidad en tanto el joven la vive como propia, pero puede estar sostenida por una falta de reconocimiento o validación.

El riesgo de invalidar

Cuando un adulto responde con burla o descalificación, se cierra la posibilidad de diálogo. El adolescente, que ya se siente incomprendido, se refugia aún más en el grupo que sí lo valida.

En espacios clínicos, lo que suele aparecer no es la fantasía literal, sino sentimientos de inseguridad, exclusión o miedo a no ser suficiente. Si reducimos el fenómeno a una moda absurda, perdemos la oportunidad de ver el malestar que puede estar detrás.

No todo es patología

La adolescencia siempre ha tenido expresiones culturales que a generaciones anteriores les parecían extrañas. Muchas cumplen la función de marcar diferencia y pertenencia.

Lo preocupante no es la identificación simbólica en sí misma. Lo preocupante sería cuando esa identificación se convierte en la única vía de relación con el mundo o limita el desarrollo personal.

El criterio en salud mental no es si algo es raro, sino si genera sufrimiento significativo o limita la funcionalidad.

La función del adulto

En lugar de preguntarnos “¿cómo hago para que deje de hacer eso?”, tal vez la pregunta podría ser: ¿qué necesita este joven que aún no ha podido decir de otra manera?

Escuchar no significa validar literalmente cada creencia, sino abrir un espacio donde la palabra circule. Desde el psicoanálisis sabemos que el síntoma es una solución. Si quitamos la solución sin ofrecer una alternativa simbólica, el malestar buscará otra forma de manifestarse.

Identidad en construcción

La identidad es un proceso. Muchos jóvenes que atraviesan identificaciones intensas en la adolescencia luego las transforman o resignifican cuando encuentran otros recursos internos y vínculos más sólidos.

Quizás este fenómeno no habla tanto de animales, sino de humanidad. De una generación que está buscando formas de sentirse vista, reconocida y aceptada.

Reflexión final

Cuando algo nuevo irrumpe y nos desconcierta, podemos reaccionar desde el miedo o acercarnos con curiosidad clínica y humana.

Detrás de cada máscara puede haber un adolescente intentando responder a preguntas profundas sobre su lugar en el mundo. Más que juicio, lo que necesitan es escucha.

Tal vez la pregunta no sea si es identidad o falta. Tal vez la pregunta sea: ¿qué estamos ofreciendo como sociedad para que nuestros jóvenes construyan su identidad sin tener que esconder su fragilidad detrás de una forma que los proteja del dolor?

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