La violencia no siempre grita.
A veces habla “suave”, se disfraza de broma, de costumbre, de opinión.
Y mientras se normaliza, va enfermando lentamente la salud mental de toda una sociedad.
Cuando el racismo y la discriminación se presentan como algo “normal”, dejan de verse como violencia, pero no dejan de serlo. Cada comentario que se justifica, cada gesto que se minimiza, cada frase que se excusa como “no fue la intención”, va construyendo un clima emocional donde el daño se vuelve invisible… pero constante.
Cada vez que un comentario racista o discriminatorio se normaliza en un espacio público —un programa de televisión, una red social, una conversación cotidiana— no solo se hiere a una persona. Se afecta el tejido emocional de toda una sociedad.
A veces se dice que son “palabras dichas sin intención”, que “no fue para tanto” o que “así habla la gente”. Pero el impacto de estos mensajes no se mide por la intención, sino por lo que provocan: miedo, rabia, vergüenza, silencios forzados y una sensación colectiva de inseguridad emocional.
Un ejemplo reciente de esto se vivió en La Casa de los Famosos Colombia, donde un comentario catalogado como racista terminó en una expulsión. Más allá del hecho puntual, lo que quedó expuesto fue algo más profundo: cómo una frase dicha en televisión nacional puede activar una reacción emocional masiva, abrir heridas históricas y dividir emocionalmente a la audiencia.
La televisión como amplificador emocional
La televisión nacional tiene un alcance que pocos espacios poseen. Lo que ocurre allí se valida, se replica y se discute. Cuando un comentario racista o discriminatorio aparece en estos programas, no se queda en quien lo dijo y quien lo recibió, sino que impacta a quienes observan desde sus casas.
En el caso mencionado, el comentario no solo afectó a la persona directamente aludida. En minutos, el fragmento se volvió viral. Se comentó en redes sociales, en grupos familiares, en el trabajo. El programa dejó de ser solo entretenimiento y se convirtió en una experiencia emocional colectiva.
Se activó una ola donde predominaron la rabia, la tristeza, la indignación y, en muchos casos, la frustración. Este fenómeno no es menor: es una forma de contagio emocional social que expone cómo los medios influyen en el estado emocional de una sociedad.
La violencia que no deja marcas visibles
El racismo y la discriminación suelen presentarse como “violencias suaves”, porque no siempre dejan golpes físicos. Sin embargo, sus efectos emocionales son persistentes. Se infiltran en la forma en que las personas se relacionan, en la confianza social, en la capacidad de sentirse parte.
Cuando estos comentarios se transmiten por televisión nacional, el daño simbólico se amplifica. Muchas personas que han vivido experiencias similares se ven reflejadas, otras sienten impotencia al observar la escena, y otras comienzan a normalizar el discurso para no confrontar el malestar que les genera.
Una sociedad que tolera comentarios discriminatorios es una sociedad que aprende a callar, a minimizar el dolor ajeno y a endurecerse emocionalmente. Y ese endurecimiento tiene un costo: menos empatía, más polarización y más rabia contenida.
La responsabilidad emocional de los medios
La televisión nacional no solo informa o entretiene; construye referentes emocionales. Por eso, tiene una responsabilidad que va más allá del rating. Mostrar conflictos sin reflexión o sin límites claros puede dejar huellas emocionales colectivas difíciles de reparar.
Cuando un hecho como el ocurrido en La Casa de los Famosos se convierte en tendencia, la forma en que se aborda es clave. No se trata solo de sancionar o no, sino de qué mensaje emocional queda instalado en la audiencia: si se refuerza el respeto o si se deja la sensación de que el daño emocional es relativo.
No se trata de censura, sino de conciencia. De entender que lo que se muestra una y otra vez se aprende, se interioriza y se normaliza.
¿Por qué esto nos debería importar a todos?
Porque la salud mental no es solo un asunto individual. Es un fenómeno social. Se construye —o se deteriora— en la manera en que nos tratamos, en lo que permitimos, en lo que decidimos cuestionar.
Cuando episodios de racismo y discriminación se convierten en contenido viral, el impacto no termina cuando se apaga el televisor. Se filtra en las conversaciones diarias, en la percepción del otro y en la sensación de seguridad emocional colectiva.
Una sociedad que se ríe del racismo, que lo justifica o lo minimiza, es una sociedad que aprende a desconectarse del dolor del otro. Y esa desconexión, tarde o temprano, regresa en forma de violencia, ansiedad colectiva, intolerancia y fragmentación social.
Una reflexión necesaria
No se trata de censurar, sino de responsabilizarnos.
Las palabras importan.
Los gestos importan.
Lo que dejamos pasar también comunica.
Hablar de racismo y discriminación no es exagerar ni “buscar problemas”. Es cuidar la salud mental colectiva. Es decir: aquí hay algo que duele, que daña y que necesita ser pensado.
Tal vez el verdadero cambio comienza cuando dejamos de preguntar:
“¿Fue tan grave?”
y empezamos a preguntarnos:
“¿Qué efecto tiene esto en nosotros como sociedad?”